Cinco consejos para enseñar Mindfulness a adolescentes en riesgo de exclusión social

Enseñar mindfulness en un instituto en el que los alumnos sufren carencias económicas. Karen Bluth, Ph.D. y creadora del programa MFY, comparte su experiencia.

Desde el primer día, sabía que iba a ser una práctica de mindfulness completamente diferente. Pero me sentía preparada. Confiaba en que iba a saber afrontarlo. He estado muchos años enseñando a adolescentes, por lo que la experiencia me avalaba.

Como investigadora de la autocompasión y la atención plena sobre adolescentes, mi objetivo fue ayudarles a saber afrontar esta etapa tan difícil de la vida. Estaba interesada en implementar un programa de atención plena con un grupo de estudiantes en riesgo de exclusión social. Quería darles las herramientas necesarias para que aprendieran a superar los obstáculos del idioma, de los desafíos económicos y de los problemas relacionados con las diferencias culturales. No existe mucha investigación sobre la atención plena con jóvenes en situación de riesgo de exclusión social y yo estaba convencida de que podía ser útil. ¿Podría el aprendizaje de la conciencia y la aceptación ayudar realmente a los adolescentes más luchadores?

La escuela en la que lanzamos el programa de mindfulness y donde llevamos a cabo la investigación fue en un instituto de enseñanza alternativa. Un pequeño centro público para estudiantes que habían tenido problemas en sus institutos anteriores. Muchos de ellos habían tenido problemas relacionados con las drogas. También problemas de conducta. Algunos habían tenido problemas legales, otros eran padres y también había jóvenes embarazadas. Todos ellos habían sufrido fracaso escolar.

La primera clase fue bien. Probablemente porque los estudiantes sentían un poco de aprehensión hacia mí y tal vez sentían curiosidad acerca de la ‘atención plena’. Pero a la segunda clase esta sensación ya había desaparecido. “¿Esta mujer extraña vino de la calle para enseñarnos el qué? ¿Cómo prestar atención a una pasa? ¿Está bromeando?”, se preguntaban los alumnos.

A pesar de haber prohibido el móvil en clase, uno de los estudiantes atendió a una llamada en medio de la clase diciendo que le llamaba su jefe. Este alumno comentó que se iba al servicio y nunca regresó. En la tercera clase, no sabía qué hacer para mantener a los estudiantes en la sala. Ah, ¿y lo de la actividad de la pasa? ¿En qué consistía? Pues bien, les pedí que fingieran ser extraterrestres y que intercambiaran las pasas con los dedos. Cuando les pregunté que cómo se sentían, uno de ello dijo que era como tocar un pezón. Las clases iban a peor cada vez más rápidamente.

Uno de mis mentores de investigación me dijo que podía suspender el proyecto, pero recordé lo que la directora de la escuela nos había dicho en la reunión inicial, mirándonos directamente a mi colaborador y a mí: “Si quieres enseñar mindfulness aquí, está bien. Pero debes comprometerte a terminar el semestre. No puedes rendirte y dejarlo a medias. Estos niños están cansados de que los adultos les abandonen”. No tenía ninguna duda. Iba a terminar el semestre.

Hablé con la directora y la trabajadora social del instituto sobre mis dificultades en la clase y ambas fueron extraordinariamente comprensivas y fueron un gran apoyo. Conocían perfectamente todo lo que les contaba. Lo habían vivido. La directora me sugirió que fuese a la escuela otro día de la semana para ‘pasar el rato’ con los estudiantes y así, generar confianza. Sin duda, acepté. La enfermera de la escuela tenía experiencia haciendo yoga restaurativo con los estudiantes y me sugirió hacerlo en clase. Pensé que sería buena idea y que no tenía nada que perder.

Como la cuarta clase comenzó con un escáner corporal y no teníamos espacio para hacerlo en el aula, optamos por dar la clase en el gimnasio. Los estudiantes se acostaron sobre las colchonetas de yoga, utilizaron zafús para apoyar las cabezas y zabutons para colocar las piernas. Algunos se cubrían con los abrigos para calentarse. No fue una sesión de exploración corporal tradicional, pero tampoco era una clase de mindfulness tradicional. Así que comencé la sesión: “Observad las sensaciones en los dedos del pie izquierdo…”.

Algo había cambiado. Fue sutil, pero perceptible. Los jóvenes estaban más tranquilos y más estables. A partir de entonces, impartimos todas las clases en el gimnasio, y cada clase comenzaba con una exploración corporal o una sesión de yoga restaurativa dirigida por la enfermera de la escuela y acompañada de música relajante.

Durante esas semanas busqué algún consejo de la autora del plan de estudios que estábamos utilizando, la Dra. Trish Broderick, quien apoyó incondicionalmente mi ajuste del plan para satisfacer las necesidades de los estudiantes. Cuando le expresé mi preocupación de que podíamos no llegar a completar el plan de estudios si continuábamos haciendo el escáner corporal en cada clase, ella me animó a seguir con el método de trabajo que estaba empleando.

Gracias a las encuestas realizadas tras la segunda clase descubrimos que los estudiantes al principio no pensaban que el aprendizaje de la atención plena fuera tan efectivo, pero con el tiempo lo fueron aceptando. En la última clase los estudiantes compartieron algunas experiencias sobre lo que habían sentido y aprendido con el curso.

Karen Bluth, Ph.D. y creadora del programa MFY para Greater Good Magazine.