¿Qué podemos aprender de nuestra experiencia con los niños atrapados de Tailandia?

Nuestra respuesta abre la puerta a una nueva forma de llevar la compasión a nuestras vidas.

Es un hecho extraordinario ver cómo los doce niños atrapados en una cueva en Tailandia captaron la atención de todo el mundo. Si lo viviste como yo, ansiaste cada nueva noticia, consultaste la APP de la CNN cada hora y miraste el móvil a primera hora de la mañana (incluso cuando te despertaste a mitad noche). Cada vez que se conocía la noticia de que un niño era rescatado, en todo el planeta se percibía un suspiro de alivio. Cuando un chico salía de la cueva, una vida más se salvaba.

¿Qué fue lo que nos cautivó tanto?

¿Qué fue lo que nos permitió apartar tan fácilmente nuestras diferencias culturales y políticas, unirnos, esperar y orar juntos para que estos niños se salvasen?

Es fascinante que en momentos como este todo lo demás no importe. Sin desacuerdos religiosos, sin discrepancias nacionales o culturales, sin disputas políticas. Todos esto fue directamente secundario a la supervivencia de estos inocentes niños atrapados a media milla bajo tierra. Nadie cuestionó la cantidad de dinero que se estaba gastando para liberarlos ni a qué religión pertenecían. Lo único que importaba era saber que estaban a salvo.

¿Por qué vivimos lo vivimos de esta manera?

¿Cómo es que en momentos como este, podemos abandonar tan fácilmente aquello a lo que en otras ocasiones nos aferramos desesperadamente?

Porque en momentos así, nos damos cuenta de lo que es realmente importante: salvar la vida de estos jóvenes. Estamos frente al valor y la fragilidad de la vida, y somos conscientes de cómo puede cambiar todo en un minuto: la decisión repentina de explorar una cueva después de un entrenamiento de fútbol pudo ser la diferencia entre la vida y la muerte. Mientras, vivimos nuestro día a día como si nada cambiase nunca y con la errónea suposición de que las cosas siempre serán exactamente como son. ¿Cómo podemos recordar lo que es realmente importante? ¿Cómo podemos mantener en nuestras mentes que lo que realmente importa no es cuánto dinero tenemos, o si logramos el ascenso que ansiamos desesperadamente, o incluso si nos aprecian nuestros amigos?

Tendemos a dedicar gran parte de nuestro tiempo y energía a estas cosas olvidando que lo que realmente importa es que estamos aquí, vivos, con la increíble oportunidad de respirar y aprovechar lo que cada momento nos ofrece: nuestro compañero silba mientras prepara el desayuno en la cocina, el amarillo intenso de un diente de león o el aromático romero que recubre la calle principal de nuestra ciudad nos invita a detenernos y a respirar su fragancia antes de irnos rápidamente a nuestra próxima reunión. Cuando prestamos atención, cada momento ofrece su propio deleite único.

Equipo de los chicos atrapados en la cueva

¿Por qué defendemos nuestras diferencias políticas y culturales? Y en nuestro circulo más cercano, ¿por qué discutimos tanto? Estas discusiones no tienen ninguna trascendencia comparado con los momentos en los que está en juego la vida. Descuidamos lo que de verdad importa con la única finalidad de enaltecernos a nosotros mismos y tener esa sensación de bienestar. Defendemos nuestros argumentos a toda costa. ¿Por qué? ¿Por qué es tan importante “ganar” las discusiones? ¿Cómo lo podemos justificar?

Debajo de nuestra defensa normalmente reside nuestro miedo: miedo a no ser reconocidos por lo que somos, no ser vistos, apreciados y valorados. Gritamos, “¡Estoy aquí! ¡Mírame!” Con la esperanza siempre presente de que los demás nos escuchen y valoren, y lo más importante, que aprecien nuestra individualidad y nuestro ser único, y comprendernos y aceptarnos por lo que somos.

No estoy diciendo que haya nada de malo en esto. Es esencial que valoremos las diferencias y la diversidad. Sin embargo, para recordar lo que es más elemental y esencial para todos nosotros, debemos ser capaces de ver más allá de estas diferencias, como lo hacemos fácilmente en los momentos en que la fragilidad de la vida está ante nosotros.

El hecho de que podamos hacer esto, que nuestros corazones estallen con compasión de forma colectiva por los niños tailandeses, nos da una tremenda esperanza. Podemos superar nuestras diferencias y desacuerdos, ya sean a escala política y global, o en nuestra propia casa.

¿Cómo hacemos esto?

El primer paso es satisfacer nuestra propia necesidad de ser escuchados. Y si tenemos la experiencia de que no nos escuchan, como suele ocurrir, podemos ofrecernos el apoyo que deseamos de los demás desde nosotros mismos. Podemos estar ahí para nosotros mismos. Podemos satisfacer nuestra propia necesidad de ser escuchados al reconocer que nos escuchamos a nosotros mismos. Esto lo podemos hacer diciéndonos a nosotros mismos “Te escucho. Y estoy aquí para ti”. Esto puede parecer un poco extraño, pero como alguien me dijo una vez “Siempre miro a los demás para obtener la afirmación que necesito. ¡Pero yo soy alguien! ¡Puedo darme yo mismo la afirmación!”. Puede sonar extraño, pero funciona. Nuestra psique responde de la misma manera a nuestra propia voz que a la voz de los demás. Este es el primer paso para responder a lo que necesitamos.

No estamos sugiriendo renunciar a expresar nuestras necesidades a los demás o luchar para hacer realidad nuestros puntos de vista políticos. Todo lo contrario. Cuando se satisfacen nuestras propias necesidades, nuestra intención se escucha como una forma de mejorar nuestro planeta. Cuando hablamos en contra de la injusticia, por ejemplo, venimos de un lugar de claridad, firmeza y reconocimiento de que somos valorados, nuestras opiniones importan y somos dignos de ser escuchados. Y ahí es cuando la gente realmente escucha.

Satisfacer nuestras propias necesidades con compasión nos permite tener compasión por los demás. Estar presente para los demás sin temor a que no haya suficiente para todos, sin temor a que nuestras necesidades no se cumplan, sin temor a que no seamos vistos, entendidos, escuchados, reconocidos o apreciados. La autocompasión , definida por Kristin Neff, nos trata con el mismo amor y cuidado que tratamos a los demás cuando estamos luchando. Y el 80% de nosotros somos más amables con los demás que nosotros mismos. La investigación sobre la autocompasión nos dice que aquellos que somos más compasivos somos más felices, estamos más satisfechos, estamos menos estresados, ansiosos y deprimidos que aquellos de nosotros que lo somos menos. Es algo bueno.

El amor, la esperanza y la compasión desenfrenada que sentimos por los niños tailandeses están dentro de nosotros, y pueden estar presentes en cada momento mediante la práctica de la autocompasión. Y qué vida más fácil, más plena y más rica tendríamos, para todos nosotros.

Fuente de información: Karen Bluth Ph.D. para Psychology Today

Dentro de la programación de septiembre, AEMind organiza dos cursos de Mindfulness para adolescentes ambos pioneros en España. Lorraine Hobbs y Karen Bluth, creadoras del programa Making Friends with Yourself (MFY), nos visitan para llevar a cabo este taller dirigido a madres y padres, y a profesionales que trabajan con adolescentes en un ambiente clínico, educativo y social. Tendrá lugar los días 22 y 23 de septiembre en València. El programa y la ficha de inscripción la puede encontrar en la web de la asociación.

El curso para profesores/as del Programa MSC para Adolescentes (MFY-TT) también contará con la presencia de Lorraine Hobbs y Karen Bluth y se celebrará entre los días 31 de octubre y 6 de noviembre en la Casa de Retiro Cristo del Pardo de Madrid. La primera promoción en España para formar a profesores/as del programa MFY. Acceda a toda la información sobre el curso a través del sitio web de AEMind.